En un año marcado por despidos, precariedad laboral y desafíos económicos, una iglesia evangélica de San Salvador optó por cerrar 2025 con un ejercicio poco habitual: medir el impacto de la fe y la acción personal a partir de logros concretos. La escena incluyó desde un niño de seis años con medallas deportivas hasta jóvenes con becas universitarias, en un intento por resignificar el concepto de milagro en tiempos difíciles.
Por Julio Rodríguez / Periodista
Periódico AE503
El primero en pasar al frente fue un niño. Con naturalidad, alrededor de su cuello colgaban más de cinco medallas ganadas durante el año como deportista. Tiene apenas seis años y no distingue —ni le importa— si alguna corresponde a un primer o tercer lugar. Para él, todas pesan lo mismo. Todas cuentan. Todas representan un logro. Y las muestra con orgullo, como quien presenta, sin saberlo, el resumen más honesto del año que termina.

Un niño luce orgulloso sus medallas como sus logros de 2025
Minutos después, dentro del auditorio, se formó una fila de unas quince personas. En sus manos llevaban diplomas, fotografías, constancias, títulos. Pruebas tangibles de algo que no siempre se ve, pero que se vive: pequeños triunfos conquistados en silencio. Iban a compartirlos con sus hermanos en la fe, en la congregación Iglesia Hosanna, palabra que se traduce como “¡Sálvanos!”.
Thalía se conmueve al ver la foto de su hermano estudiando fuera de El Salvador y también de sus propios logros academicos.

El templo funciona desde hace más de 25 años en el tercer nivel de un edificio ubicado sobre la Alameda Juan Pablo II, en pleno corazón de San Salvador. Su pastor, Nery Figueroa, teólogo y comunicador cercano, inició esta obra siendo muy joven. Ese domingo tomó una decisión poco común: no predicar.
—Hoy es el último domingo del año —dijo—. Hoy que hablen los testimonios. Hoy glorificamos la obra de Jesús en sus vidas.

El pastor y teólogo, Nery Figueroa, anuncia que este domingo hablarán los logros que la congregación agradece al Señor.
Y comenzaron a pasar, uno a uno, quienes prefieren llamar logros a lo que otros llamarían milagros.
Dinora fue una de ellas. En septiembre perdió su empleo. El golpe fue duro. Lo cuenta sin dramatismos, pero con honestidad. Luego sonríe. Hoy coloca pestañas, trabaja uñas acrílicas y ve crecer su pequeño emprendimiento. Agradece a su iglesia, a sus amigos, a su familia y a esa fe que no la dejó quedarse quieta. La fe que empuja a moverse.
Dinora no se dio por vencida después de perder el empleo, con fe y actitud avanzó a nuevos aprendizajes.

Adriana habló con sobriedad. Lamentó los despidos de varios compañeros en el sector educativo. Ella decidió hacer un esfuerzo adicional, se capacitó, obtuvo el escalafón y logró mantenerse dentro del sistema educativo. Permanecer también es un logro en tiempos difíciles.

Adriana continuará como profesora, pese a los despidos en el centro escolar donde trabaja.
Luego pasó el padre de Paola. Habló con voz firme, aunque la emoción lo traicionaba. Para algunos, dijo, el avance académico de su hija puede parecer algo menor. Pero quienes conocen su condición de salud saben que pasar el grado era casi imposible. Confiaron en Dios. La salud de la niña mejoró. Él consiguió un nuevo empleo y, además, anunció que será padre por segunda vez. El auditorio respondió con aplausos y lágrimas.

Padre e hija agradecen por nuevos emprendimientos, un año de logros académicos y en la salud de su hija.
Uno de los momentos más simbólicos lo protagonizaron Esmeralda y Daniel, madre e hijo. Ambos sostenían sus diplomas. Ella, emprendedora incansable, aprendió a fabricar jabones naturales, velas y otros oficios que jamás imaginó dominar. Él terminó el bachillerato, obtuvo una beca universitaria completa y cursa certificaciones adicionales. Al fondo, Reinaldo, jefe del hogar, sonreía en silencio. A veces los milagros también se celebran así.

Esmeral muestra todos los diplomas logrados este añlo y lo que representa para su familia.
Daniel iniciará sus estudios universitarios con beca completa. Se especializará como docente.

El último en pasar fue Ariel. Joven, perseverante, cantor por vocación. Este año fue seleccionado para estudiar canto profesional. Tiempo atrás había avanzado notablemente en un concurso promovido por TCS. Ese domingo anunció que, además de su formación formal, ya fue elegido para participar en una obra musical. Paso a paso. Nota a nota.

Ariel empezará el año con preparación profesional en canto y un contrato para participar en una obra musical famosa,
No hubo prédica. El tiempo voló. Hablaron las obras. Hablaron las vidas. Así cerró esta congregación el año 2025.
Cuando las iglesias —sin importar denominación— deciden ceder el púlpito para honrar lo que Dios hace en lo cotidiano, envían un mensaje poderoso: la fe no es pasiva y la actitud no es opcional.
Los milagros, esta vez llamados logros, tuvieron dos protagonistas claros: creer que algo puede suceder y actuar conforme a esa creencia.
La iglesia Hosanna, ubicada en el corazòn de San Salvador, cuenta con una feligresía en crecimiento.

Porque al final del año, cuando el calendario se queda sin hojas, no siempre cuentan las grandes hazañas.
A veces, los verdaderos milagros vienen colgados al cuello de un niño, escritos en un diploma sencillo o sostenidos por manos temblorosas que decidieron no rendirse.
Y eso —eso— también es salvarse.






