En una mesa cualquiera, lejos de los reflectores del éxito y cerca de la vida real, unas manos recortan, pegan y forran cuadernos. No es un gesto menor: es un acto de servicio, emprendimiento y dignidad. Esta es la historia de Thalía Avilés, una mujer que aprendió que el trabajo bien hecho también puede ser una forma de fe.
















