Las hojas de su ponencia quedaron en el suelo. Su voz, en la historia. Su alma, volvió a la casa del Padre. Chema Tojeira murió en misión, como vivió: defendiendo la justicia, la dignidad y la verdad en una Centroamérica herida. Hoy descansa el cuerpo. La palabra sigue caminando.

Por Julio Rodríguez / Periodista

El desayuno había terminado entre formas correctas. Se habló de todo. Hubo sonrisas, bromas discretas y breves silencios cuando el tema giró hacia los problemas regionales, los de una Centroamérica ardiente como sus volcanes. Esa franja del continente que los sacerdotes de la Compañía de Jesús conocen como la palma de sus manos… y por la cual algunos han entregado la vida.

Como aquellos que amanecieron asesinados por un batallón élite del Ejército salvadoreño en el campus de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”, la madrugada del 16 de noviembre de 1989. Crimen que el entonces provincial de los jesuitas, José María Tojeira, recibió con dolor, impotencia y una herida que nunca cerró del todo, porque como lo dijo alguna vez «no hay perdón, sin verdad y justicia».

Tojeira encabezó todo el proceso para esclarecimiento del asesinato de sus hermanos jesuitas.

Chema Tojeira —como le llamaban quienes lo conocieron de cerca y lo apreciaban— siguió hablando desde entonces de derechos humanos y justicia social; de esas banderas que defendieron los seis jesuitas asesinados, y de las que, 36 años después, sigue siendo imposible dejar de hablar en una región que continúa temblando en silencio.

Por eso estaba en Guatemala aquella mañana del 5 de septiembre de 2025. Iba a disertar sobre “La perspectiva teológica de la justicia social desde la realidad regional”, en la Universidad Rafael Landívar. Una vez más, iba a poner palabras donde muchos han puesto miedo, iba hablar lo que unos cuantos quieren callar, iba a decir con autoridad lo que otros nunca dijeron por conveniencia y perdieron la solvencia para hacerlo. Iba a cumplir su misión en esta tierra.

El padre Tojeira era un incansable orador sobre temas de deechos humanos, justicia, ecología y democracia

Tras el desayuno con sus hermanos jesuitas, Tojeira tomó su ponencia. El folder, empuñado entre sus manos, parecía un arma imposible de fallar: la de las ideas. Esa que dispara palabras de esperanza, verdad y liberación. Pero como si el destino ya estuviera escrito en piedra, sus manos soltaron las páginas. Estas cayeron al suelo como en cámara lenta, en un silencio espeso, como si una voz invencible hubiera dicho: se acabó… llegó la hora de descansar.

El reloj marcaba que el día tenía apenas nueve horas de haber nacido.

Su muerte ocurrió muchos años después de haber llegado a Centroamérica

Mientras en un auditorio lleno de estudiantes, docentes y buscadores de certezas se esperaba al misionero de la palabra, cuatro médicos especialistas luchaban por revertir un infarto agudo de miocardio en el noble corazón de Chema Tojeira. Durante una hora intentaron torcerle el pulso a la muerte. No fue posible.

A las 10:00 de la mañana, la segundera siguió su camino. El alma de Chema tomó otro. Había vuelto a la casa del Padre.

Murió el poeta lejos de su Galicia natal en España.

En el auditorio, un silencio sepulcral rindió honor a la noticia. El padre Tojeira no podrá dar la conferencia. Había sido llamado a reunirse con sus hermanos jesuitas para entregar cuentas de los talentos que recibió: su voz contra la injusticia, contra la destrucción de la naturaleza, contra la negación de la reconciliación, contra la violación de los derechos humanos y contra la herida de muerte que aún sangra en la democracia de Centroamérica.

Su provincia. Su misión. Su hogar lejos del hogar que lo vio nacer, donde mueren los poetas cuando son peregrinos, cuando sus cuerpos son cubiertos por el polvo de países lejanos, parafraseando a su compatriota Joan Manuel Serrat.