EL MÉDICO QUE NO FUI

Siempre he pensado que hice todos los méritos para estudiar Medicina. Nunca he tenido dudas de ello.

A los doce años ya era voluntario de la Cruz Roja. Allí descubrí que aliviar a una persona herida producía una satisfacción difícil de explicar. Después vino el Bachillerato en Salud, opción Enfermería: continuación natural de aquel camino.

Las prácticas en el Hospital de Neumología de Los Planes de Renderos —hoy Hospital Saldaña— terminaron de convencerme de que detrás de cada enfermedad existe una historia humana y que aliviar el dolor ajeno es una vocación. Al graduarme, estaba seguro de que mi destino sería la Facultad de Medicina.

Pero la vida tiene derecho a decidir. Aunque prefiero decir que Dios tiene propósitos que solo se revelan con el tiempo.

Ingresar a la universidad ya era un acontecimiento extraordinario en mi familia. Antes que yo, nadie había logrado graduarse de bachiller. Provengo de una estirpe de comerciantes de mercado, gente trabajadora que aprendió a sobrevivir antes que a estudiar.

Mi madre partió demasiado pronto, y quien me sostuvo desde los seis años fue mi abuela materna, junto a quien crecí vendiendo berro, rábanos y gallinas en las temporadas de fin de año.

Fue en ella en quien pensé mientras llenaba la solicitud de ingreso a la Universidad de El Salvador. Dejé de lado mis propios anhelos y miré los suyos. Me pregunté si aquella mujer podría soportar el enorme esfuerzo económico que exigía una carrera como Medicina.

No hubo drama ni discursos: simplemente cambié el orden de las opciones. Donde primero decía Medicina, terminé escribiendo Periodismo.

A veces una vida cambia porque una mano mueve un lápiz.

En enero de 1987 estaba sentado en un aula del Departamento de Periodismo de la Facultad de Ciencias y Humanidades. En lugar de anatomía, escuchaba clases de redacción, teoría de la comunicación, radio y televisión: había pasado de prepararme para sanar cuerpos a aprender cómo contar la vida.

Me sentí a gusto. Como si ese lugar estuviera reservado para mí.

Con el tiempo entendí que aquella decisión no significó abandonar una vocación, sino transformarla: la Medicina me preparaba para comprender el sufrimiento físico; el periodismo me enseñaría a descifrar el dolor humano en todas sus formas.

Eran tiempos de guerra y urgían reporteros. Con apenas dos ciclos de universidad me lancé al reporteo en octubre de 1987, algo impensable si hubiese estudiado Medicina.

Entré a la Agencia Centroamericana de Prensa (ACAP). Después llegaron la Revista Semana, Radio Cadena Sonora, Radio Cadena YSU y los canales 12, 21, 33 y 6, Diaro y otros medios que moldearon mi manera de entender este oficio. Cubrí elecciones, la crudeza de la guerra, la firma de los Acuerdos de Paz en México, tragedias y alegrías colectivas, y miles de historias que también terminaron marcando mi propia existencia.

Mirando hacia atrás, descubro que el periodismo también es una forma de medicina. No cura el cuerpo, pero puede devolver dignidad a los olvidados, esperanza a quienes han perdido la voz, avivar la fe y preservar la memoria.

En vísperas del Día del Periodista, y a las puertas de cumplir cuarenta años en este oficio, solo me queda agradecer: a los maestros, compañeros y amigos que corrigieron mis notas, confiaron en mí y me ayudaron a crecer.

Pienso en Beatriz Rosales, Pablo Ayala, Ricardo Chacón y Francisco Campos, que me abrieron la puerta; en Nelson López, Chico Valencia, María Cortina (Notimex) y Carlos Mario Márquez, que me en señaron el arte de las noticias en radio; en Óscar Madrid, Nacho Castillo y Ángela Escobar, que confiaron en mis talentos para contar historias en televisión; y en Mauricio Ramírez, amigo y colega, siempre dispuesto a tender una mano.

También agradezco a La Prensa Gráfica, El Diario de Hoy, Diario El Salvador, Diario El Mundo y Diario Colatino, que me permitieron escribir mi pensamiento y reflexiones en sus paginas editoriales, lo cual fue la base para publicar mi primer libro, “Sin manos a la obra”.

No fui el médico que imaginé.

Pero terminé siendo el periodista que Dios tenía preparado: uno que ha sido testigo del dolor, de la guerra y de las miserias humanas, sin dejar de descubrir que, incluso en medio de la adversidad, siempre hay personas que encuentran la fuerza para seguir adelante con actitud y fe.

Quizá, después de todo, esa también sea una forma de sanar.

(Por Julio Rodríguez / Periodista)