Hace algunos días supe algo que, al menos para mí, fue una revelación cargada de memoria y ternura. Un dato que, con seguridad, despertará nostalgia en más de algún salvadoreño o salvadoreña que ya ronda los sesenta años o más: el niño que aparecía en las famosas “sorpresitas” de la Confitería Americana existió, y fue real.

La imagen que durante décadas acompañó fiestas infantiles, piñatas y cumpleaños estaba inspirada en José Luis Cabrera Arévalo, hijo varón del matrimonio fundador de la empresa: el venezolano Antonio Heriberto Cabrera Rodríguez y la ahuachapaneca doña Carmen Arévalo, quienes en 1930 dieron vida a lo que hoy conocemos como Confitería Americana.

José Luis falleció recientemente, con poco más de 90 años de edad. Y con su partida no solo se va un empresario: se va el niño que habitó la memoria colectiva de varias generaciones, el rostro anónimo de una alegría sencilla, envuelta en papel de colores y curiosidad inocente.

Los hijos del matrimonio Cabrera Arévalo fueron Isabel Monserrat y José Luis. Y aunque durante años se creyó que la figura de las “sorpresitas” era solo un diseño comercial, hoy sabemos que aquellas ilustraciones infantiles estaban inspiradas en los propios hijos de los fundadores. Así, sin proponérselo, la familia quedó impresa para siempre en la historia emocional del país.

La infancia como ritual colectivo

Quienes crecimos en décadas donde la abundancia no era la norma, recordamos bien el ritual. En las fiestas infantiles siempre había un momento de orden casi solemne:


—“Los niños por aquí, las niñas por acá”, decían los anfitriones.

La casa podía ser un mesón popular o una vivienda amplia; el pastel podía ser sencillo o elaborado. Pero la expectativa de la “sorpresa” era universal. ¿Qué tocaría? ¿Un carrito? ¿Un trompo? ¿Un silbato?


La emoción era la misma para todos.

La entrega de las sorpresas al final de fiesta de cumpleaños era, después de la piñata y la partida del pastel, un momento esperado por todos.

Y hay algo en lo que muchos coincidirán: se decía —y se sigue diciendo— que esas sorpresas traían los mejores juguetes. No eran lujosos, pero en una infancia cuando aprender a conformarse con poco era parte de la vida, aquello era una riqueza inmensa.

Del niño símbolo al industrial visionario

José Luis Cabrera Arévalo no solo fue imagen; fue protagonista del crecimiento empresarial. Representó a la generación que dio el salto decisivo: de lo artesanal a lo industrial.

La empresa había comenzado fabricando dulces de manera manual en el barrio San Jacinto, en San Salvador. Luego fue creciendo de local en local, hasta establecerse en la 5ª Calle Oriente, donde se desarrolló industrialmente. Allí llegaron las máquinas, muchas de las cuales —según relatan trabajadores y registros históricos— siguen funcionando hasta el día de hoy.

En las instalaciones ubicadas en la 5a Calle Oriente, donde aún funciona una parte de la compañìa, se continúan utilizando máquinas traídas por José Luis cabrera

A José Luis se le atribuye haber traído parte de esa maquinaria del extranjero, cuando asumió progresivamente el relevo del negocio familiar durante las décadas de 1940 y 1950. No se trató solo de modernizar por modernizar, sino de asegurar la continuidad, de preparar la empresa para sobrevivir a los cambios del tiempo sin perder su esencia.

El nacimiento de una empresa que resistió

Hay empresas que nacen de un plan de negocios. Y hay otras que nacen de algo más antiguo y más humano: la terquedad buena de un matrimonio que decide intentarlo, aun cuando el país es duro y el futuro no viene con garantías.

Las instalaciones más conocidas de la fábrica están en la 5a Calle Oriente No. 115, entre la Avenida España y la 2a Avenida Norte, donde funcionan desde hace más de 50 años.

Corría 1930 cuando Carmen Arévalo y Antonio Cabrera abrieron la puerta de Confitería Americana. No hubo grandes vitrinas ni discursos de inauguración. Hubo trabajo, azúcar, fuego, manos cansadas y una convicción silenciosa.

Antonio, migrante venezolano, descubrió temprano que la supervivencia ofrece dos caminos: rendirse o inventarse un oficio con dignidad. Eligió lo segundo. Y junto a Carmen, sembró una idea que se volvería símbolo nacional: las “sorpresitas”.

No eran solo dulces. Eran un pequeño acto de igualdad emocional: un instante donde la pobreza y la abundancia se parecían, porque la alegría cabía en una bolsa de papel y un juguete diminuto.

José Luis e Isabel Monserrat Cabrera Arévalo en las sopresas de Confiteria Americana

Crecer sin perder el alma

Con los años, el oficio se volvió industria. El taller, fábrica. El emprendimiento familiar, una empresa con planta moderna, empleo formal y vocación exportadora.

El crecimiento también fue territorial. De San Salvador, la historia empresarial se conectó con el Plan de la Laguna, en Antiguo Cuscatlán, donde hoy opera Central Dulcera, empresa hermana que da continuidad y escala al legado familiar. En la actualidad, más de 400 personas trabajan allí, produciendo para mercados nacionales e internacionales y sosteniendo una tradición que nació en un pequeño taller.

El desarrollo dela Confitería Americana ahora Central Dulcera, impulsa su producción en plantas más grandes en el Plan de La Laguna en Antiguo Cuscatlan.

Hay otro dato revelador del espíritu de la empresa: aunque en su origen Confitería Americana vendía dulces y piñatas, con el tiempo decidió no centralizar la fabricación de estas últimas. En su lugar, promueve que personas y familias las elaboren de forma artesanal, generando empleo indirecto y apoyando economías locales. Un gesto coherente con una historia que siempre entendió el negocio como comunidad.

Un legado que no se disuelve

En 2013, la empresa fue reconocida por la Asociación Salvadoreña de Industriales (ASI) como Pyme del Año. Un reconocimiento que, en lenguaje empresarial, significa algo claro: el legado no solo sobrevivió; creció con disciplina.

Y cuando el país conoció la noticia del fallecimiento de José Luis Cabrera Arévalo, las esquelas no solo informaron una muerte. Activaron memoria. Porque hay apellidos que no solo administran empresas: administran símbolos.

José Luis Cabrera Arévalo, un destacado empresario que supo llevar la compañía fundada por su padre, Antonio Cabrera y madre Carmen Arévalo a un nivel industrial y con visión.

Hoy, hablar de Confitería Americana no es hablar únicamente de azúcar, empaques o exportaciones. Es hablar de una herencia familiar, de Carmen y Antonio, de sus hijos, de cientos de trabajadores y de millones de niños que, sin saberlo, participaron de la misma historia.

Porque al final, lo que permanece no es el dulce. Lo que permanece es el esfuerzo que lo hizo posible.

Julio Rodríguez | Periodista
AE 503 Periòdico Digital

Una producción de  Iniciativa 3: Periodismo Social, Fe y Actitud