Creo que a la parábola del buen samaritano le hace falta un personaje. No porque Jesús lo haya olvidado. Seguramente somos nosotros quienes, dos mil años después, nos hemos encargado de inventarlo. Es «el mal samaritano»

Y no necesariamente es una mala persona. No roba. No golpea. No abandona heridos en el camino. Va a misa, al culto, quizá ora antes de comer y hasta comparte en sus redes sociales frases sobre el amor al prójimo.

Su problema es otro: Ve, sabe y puede hacer algo, pero no hace nada.

En la parábola de Jesús, un hombre queda medio muerto después de ser atacado por ladrones. Un sacerdote lo ve y pasa de largo. Después viene un levita, lo ve y también continúa su camino.

Finalmente aparece un samaritano. Pero este se detiene. Ahí comienza el verdadero problema de la parábola: «detenerse significa involucrarse» Porque es muy fácil sentir lástima desde lejos.

Nuestro mal samaritano moderno es más sofisticado. Incluso puede detenerse a mirar. Sabe que un amigo perdió su trabajo. Piensa llamarlo. No llama.

Sabe que un familiar está enfermo. Pregunta a otros cómo sigue, pero nunca levanta el teléfono para hablar directamente con él.

Conoce a alguien que atraviesa dificultades económicas. No puede resolverle la vida —nadie se lo está pidiendo—, pero quizá podría acercarle una oportunidad, recomendarlo para un empleo o simplemente preguntarle: “¿Hay algo concreto en lo que pueda ayudarte?” No lo hace.

Sabe que un anciano vive solo. Siempre piensa: «Un día de estos voy a visitarlo.» Y pasan los meses.

Conoce a alguien que está atravesando un duelo. No sabe qué decir y, para evitar la incomodidad, decide no decir nada. Sabe que dos personas están enemistadas y podría ayudar a reconciliarlas. Prefiere no meterse.

Ve una injusticia en su trabajo y guarda silencio porque el perjudicado es otro. Conoce a una persona que está equivocándose gravemente, pero resulta más cómodo comentarlo con terceros que sentarse frente a ella y hablarle con respeto.

Y después está nuestro favorito: El que escribe debajo de una tragedia: “Mis oraciones están contigo.” Y efectivamente ora. Pero pudiendo hacer algo más, allí termina todo. No estoy cuestionando la oración. Todo lo contrario. Estoy preguntando qué hacemos después de decir amén.

Porque quizá hemos convertido la esperanza, la fe y hasta la oración en lugares cómodos desde los cuales contemplamos problemas que también requieren nuestras manos.

El buen samaritano no organizó un seminario sobre solidaridad. No publicó su indignación contra los ladrones. No preguntó primero cuál era la religión del herido, su ideología, su nacionalidad ni si alguna vez había hecho algo por él.

Lo vio. Se acercó. Curó sus heridas. Lo levantó. Lo llevó a un lugar seguro. Y pagó. La compasión, cuando es verdadera, termina conjugándose en verbos.

Naturalmente, ninguno de nosotros puede solucionar todos los problemas que encuentra. Tampoco estamos obligados a asumir cargas que no podemos llevar. Ayudar no significa destruir nuestra propia vida intentando salvar la de todos.

Pero entre «resolverle la vida a alguien» y «no hacer absolutamente nada» existe un territorio enorme.

Una llamada. Una visita. Un plato de comida. Una recomendación.

Un contacto. Una conversación. Una hora de nuestro tiempo. Un abrazo. A veces simplemente escuchar.

Por eso el mal samaritano no necesariamente es cruel. Ese es precisamente el problema. Puede ser educado, religioso, respetable y hasta buena gente. Solamente aprendió a pasar de largo sin mover los pies. Mira hacia otro lado. Posterga. Se justifica. Dice que orará. Dice que espera que todo mejore. Y continúa con su vida.

Santiago escribió una frase incómoda: “El que sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado (Santiago 4:17)

Tal vez por eso la pregunta de la parábola no debería quedarse solamente en: «¿Quién es mi prójimo?» Quizá deberíamos agregar otra, mucho más personal: «¿De quién estoy pasando de largo yo?»

Porque posiblemente el mal samaritano no sea aquel hombre que viene caminando a lo lejos. Quizá alguna vez…somos nosotros.

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INICIATIVA 3: FE Y ACTITUD