(Construir «templos», agrandarlos, prosperidad inmediata, promociónde histeria emocional colectiva,son algunas señales de iglesias locales, nuevos nombres, viejos trucos)
Por Iniciativa 3 | Periódico AE503
En tiempos de incertidumbre, la humanidad siempre ha buscado una voz que le diga qué hacer. Antes eran los profetas.
Hoy… cualquiera puede serlo. Basta una plataforma, un micrófono y suficiente seguridad para decir: “Dios me habló”. Y la gente escucha.
Pero aquí surge una pregunta incómoda, necesaria, urgente: ¿Quién los nombró?
Porque si algo deja claro la Biblia es que un profeta no era un animador espiritual ni un lector de emociones. Era una voz incómoda, muchas veces rechazada, que no hablaba para agradar, sino para confrontar.
Hoy, en cambio, asistimos a una transformación peligrosa del concepto. El profeta moderno no siempre denuncia injusticias. Muchas veces las ignora. No siempre llama al cambio. Frecuentemente promete soluciones.
Y en ese tránsito, la figura profética ha pasado de ser un instrumento de verdad a convertirse, en algunos casos, en un vehículo de influencia. Lenguajes extraños, frases ambiguas, declaraciones que aplican a cualquiera… y una audiencia dispuesta a creer que alguien, finalmente, tiene respuestas.
Pero lo que parece espiritual, a veces es profundamente humano: Psicología, Sugestión, Necesidad. Porque cuando alguien dice: “Dios me muestra que hay alguien aquí con problemas…” no está revelando el cielo. Está describiendo la condición humana.
Y cuando esa “revelación” se vincula a dinero, obediencia ciega o dependencia emocional, deja de ser fe… y comienza a parecerse a control. Esto no significa negar la posibilidad de lo espiritual. Significa exigir responsabilidad sobre quien dice representarlo.
Porque si cualquiera puede bendecir…también cualquiera puede manipular. Y si cualquiera puede “profetizar”… entonces la palabra pierde peso. El verdadero problema no es la existencia de falsos profetas. Eso ha existido siempre. El problema es una sociedad que ha dejado de hacer preguntas. Que ha confundido emoción con verdad. Carisma con autoridad. Y espectáculo con espiritualidad.
Tal vez la pregunta no es quién tiene la palabra… sino quién tiene el criterio para discernirla. Porque al final, más peligroso que un falso profeta… es un oyente que ha renunciado a pensar.






