(La Málaga no es un lugar, es una memoria compartida)

Por Julio Rodríguez / Periodista

El nombre oficial del complejo habitacional es otro, pero no vale la pena mencionarlo. Nadie lo hace. Para los que nacieron aquí, para los que se fueron y para los que siempre vuelven, esto es la Málaga, desde siempre y para siempre.

Antes fue finca. Finca La Málaga. Naranjos grandes, sin semillas, crecían donde hoy se levantan edificios de concreto y pasillos balastreado. El tiempo urbanizó la tierra, pero no logró borrar el nombre ni el espíritu.

La Málaga fue construida en 1956 fue el proyecto piloto de lo que serían las multifamiliares de Zacani, la Guatema, Lourdes y otros.

En 1956 nació la leyenda. El entonces presidente militar Óscar Osorio impulsó un proyecto piloto de multifamiliares para albergar a 362 familias en igual número de apartamentos. Fue una apuesta audaz para la época, una forma temprana de ciudad vertical para trabajadores, empleados públicos y obreros que buscaban algo más que techo: buscaban hogar.

Rigoberto era ordenanza de la Universidad de El Salvador cuando obtuvo su apartamento. Allí crió a sus hijos y hoy ve crecer a sus nietos. Como él, muchos hicieron de la Málaga su nido. Gente trabajadora que salía temprano, regresaba cansada y defendía con dignidad lo poco o mucho que tenía.

Rigoberto cuenta que los apartamentos fueron rifados entre las familias seleccionadas, El trabja en la Universidad e El Salvaor. Ha envejecido en la Málaga.

El chalet de venta de antojitos —el primero en construirse— fue durante años el punto de reunión del vecindario. Allí se conversaba, se discutía, se celebraba. Hoy, 70 años después, todavía se repite el ritual: dos pupusas, un café y la tarde cayendo despacio entre árboles que parecen escuchar.

Rigoberto recuerda el día del reparto de apartamentos. Para evitar pleitos, dijeron, se haría una rifa. Una caja de madera con un pequeño orificio. Dentro, llaves también de madera, cada una marcada con el número del edificio y apartamento. El destino repartido al azar, pero asumido como propio.

La casa comunal fue otro corazón del barrio. Allí hubo bailes, fiestas y encuentros. Muchos se hicieron novios bajo esas luces. Muchos formaron familias sin saber que estaban escribiendo una historia que duraría décadas. Hoy ya no suena la música como antes, pero la memoria sigue bailando.

Cerca pasa el Río Arenal. En invierno se desborda, se enoja, recuerda que la naturaleza también reclama su espacio. Más de una vez ha causado problemas, sustos y pérdidas. Pero incluso eso forma parte del relato: aprender a convivir con el riesgo, resistir, limpiar y volver a empezar.

La ceiba, inamovible como reina y madre de esa finca, tiene la edad de la colonia. Bajo su sombra crecieron Julio y Mario. Se hicieron adultos, se fueron alguna vez, pero siempre regresan. El árbol los conoció niños y hoy los ve volver con canas, historias y silencios nuevos.

Aquí se vivía como una sola familia receurda Juliop con noistalgia. “Si alguien salía, otro cuidaba a los niños, hay me le echa un ojos a los niños” pedían con confianza los vecinos. Una confianza que ya no se fabrica. Los recuerdos siguen frescos, tan vivos que dan ganas de volver a esos años en que jugar era un acto inocente y el tiempo no apuraba.

Julio y Mario crecieron en la Málaga y vuelven cada vez que tiene una oportunidad y platica al pie d la Ceiba que creció con la colonia.

¿Por qué se hubo un tiempo de mla fama de la Málaga? “En los años setenta hubo consumo y tráfico de marihuana, sí. También hubo algo más: los jóvenes defendían la colonia. No permitían que otros vinieran a molestar. Había códigos, excesos y errores, pero también pertenencia” expresa David Torres con dejo de complicidad que evoca su juventud.

David Torres testigo y cómplce de los años 70 en la Málaga, alli llegó casi un niño.

La Málaga no son los edificios. La Málaga es su gente: los que se quedaron, los que llegaron después, los que se fueron y vuelven cuando pueden. Aquí, entre árboles testigos sin voz pero con memoria, las conversaciones vecinales aún no terminan. Porque adentro de la Málaga, el tiempo no se fue.
Se quedó viviendo 70 años y contando.