“Dos pupusas de frijol con queso y un café sin azúcar”, pedí a la señora que atendía la cafetería. Detrás del mostrador, las diestras manos de cinco o seis mujeres se movían con precisión y ritmo, como si ejecutaran una danza antigua con el fuego: una coreografía heredada, capaz de espantar el cansancio y transformar ingredientes sencillos en alimento con alma.
El pedido llegó como llega el oro después del fuego: purificado. Cocinado por manos entrenadas por la vida. Fue entonces cuando la mirada periodística —esa que encuentra historias sin buscarlas— se detuvo en otras manos.
A contraluz, el perfil de medio rostro concentrado. Frente a ella, una mesa. Sobre la mesa, cuadernos, plástico, papel de colores y tijeras. Y unas manos femeninas que, con paciencia y delicadeza, cortaban stickers donde más tarde alguien escribiría un nombre, un grado, una sección, una materia. Manos que forran cuadernos. Manos que, sin saberlo, también forran futuro.
Thalía Avilés tiene 34 años. Es casada, aún sin hijos, y es licenciada en Diseño del Producto Artesanal, una carrera que, dicho en palabras sencillas, la ha formado para “hacer cosas desde cero”. Así se lo dije una vez, sin restarle mérito a sus estudios universitarios, porque no todo título logra convertirse en manos útiles.

La Licenciatura, servida por la Universidad José Matías Delgado, tiene como objetivo formar profesionales con sensibilidad artística, base creativa sólida y capacidad para innovar productos que respondan a necesidades culturales, sociales y de mercado. En el camino, Thalía cursó materias como Pensamiento Creativo, Metodología de la Investigación aplicada al diseño, Dibujo técnico y al natural, talleres prácticos de técnicas artesanales y procesos productivos orientados a la innovación.
Nada fue fácil. Y en un país como El Salvador —donde las oportunidades no siempre llegan solas y muchas veces hay que salir a buscarlas o crearlas— Thalía entendió pronto que el conocimiento también debe caminar.
Por eso, durante las temporadas en que no imparte clases universitarias —dos o hasta tres meses— ofrece sus servicios forrando cuadernos para estudiantes de distintos niveles educativos que inician su año lectivo. No como improvisación, sino como extensión natural de su vocación, su oficio y su sentido de servicio.
Thalía es una emprendedora nata. Su título, acompañado de una ética de trabajo aprendida en casa, en la iglesia y en la comunidad que la rodea, le da un valor agregado que algunos subestiman o incluso esconden por vergüenza, aun cuando necesitan ingresos.
Forrar cuadernos no es poca cosa. Es trabajo minucioso, repetitivo, exigente. Ella lo sabe. Y también sabe competir con dignidad.

Recuerda que una vez se encontró con dos jóvenes que también ofrecían el servicio en sus tiempos libres. Tenían paquetes, precios según cantidad, tarifas más altas. Thalía no compite desde el abuso ni desde el orgullo: cobra entre 60 y 65 centavos por cuaderno, incluye materiales y trabaja a domicilio.
“En una ocasión tuve que forrar diez cuadernos y veinte libros para una niña que apenas iba a segundo grado”, cuenta sonriendo, como quien sabe que el cansancio también deja historias.
En una temporada puede llegar a forrar hasta mil cuadernos. Dos meses de jornadas largas, espalda cansada, manos adoloridas. Pero también dos meses que permiten mirar con más tranquilidad las cuentas del hogar que comparte con su esposo, compañero no de mil batallas épicas, sino de mil cuadernos… o más.
Las manos de Thalía no buscan aplausos. Buscan servir. No piden privilegios. Hacen lo que saben hacer, con excelencia. La Escritura lo dice con claridad: “Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Colosenses 3:23).

En un país que necesita más manos comprometidas que discursos vacíos, historias como esta recuerdan que el trabajo honesto también es una forma de fe. Que emprender no siempre es escalar rápido, sino resistir con dignidad. Y que hay cuadernos que, antes de llenarse de letras, ya vienen cubiertos de valores.






