Por Iniciativa 3: Fe y Actitud | Periódico AE503

Cuando alguien habla de “la Biblia”, parece referirse a un solo libro. Pero la realidad es más compleja: existen varias Biblias cristianas. La protestante, la católica, la ortodoxa y la etíope no son exactamente iguales. Cambia el número de libros, el orden, incluso algunos textos completos que unos consideran sagrados y otros no.

Para muchos, ahí comienza la discusión. ¿Cuál es la verdadera? ¿Quién tiene razón? ¿Quién añadió o quitó libros? Pero quizás esa no es la pregunta más importante.

Históricamente, las diferencias son reales. La Biblia protestante tiene 66 libros; la católica, 73; la ortodoxa 76; y la etíope alcanza hasta 81, incorporando textos antiguos como Enoc o Jubileos. Cada tradición formó su canon en procesos largos, marcados por contextos culturales, decisiones conciliares y transmisión de manuscritos.

Conviene hacer una precisión importante. Cuando hablamos de estas diferencias —católicos, protestantes, ortodoxos o la tradición etíope— no estamos refiriéndonos a grupos marginales ni a interpretaciones aisladas. Estamos hablando de grandes tradiciones cristianas, con millones de seguidores en todo el mundo, con siglos de historia, reflexión teológica y vida comunitaria.

Por tanto, este no es un señalamiento de quién está “equivocado”, sino una invitación a mirar más allá de las diferencias y volver al centro del mensaje.

Sin embargo, hay algo que permanece intacto en medio de esas diferencias: todas estas Biblias anuncian al mismo Dios y al mismo Jesús.

No hay una Biblia cristiana que predique otro Mesías. No hay una que diga que Jesús no es el centro. En todas, el Maestro de Galilea aparece enseñando amor, justicia, perdón, verdad y transformación interior.

Entonces, si el núcleo es el mismo, la pregunta cambia de dirección. El problema no es cuántos libros tiene la Biblia que leemos.
El problema es cuánto de ese mensaje vivimos. Porque es posible tener la Biblia “correcta” y una vida completamente incoherente con ella.

Jesús nunca dejó un libro escrito. Lo que dejó fue una forma de vivir. Sus enseñanzas no fueron diseñadas para ganar debates teológicos, sino para transformar personas. Cuando habló del prójimo, del perdón, de la humildad o del amor al enemigo, no estaba construyendo un canon, estaba formando conciencia.

Y ahí es donde todas las Biblias coinciden —y todos nosotros nos distanciamos. Hoy discutimos si faltan o sobran libros, pero evitamos preguntarnos si falta o sobra coherencia en nuestra vida. Defendemos versiones, traducciones y tradiciones, pero no siempre defendemos la esencia del mensaje: amar, servir, perdonar, vivir con integridad.

La historia demuestra que el canon bíblico fue un proceso humano guiado por comunidades de fe. Pero el evangelio, en su esencia, no depende de una lista cerrada de libros para existir. Se expresa en la práctica diaria.

Por eso, más allá de la Biblia que tengas en tus manos, hay una pregunta más incómoda y más profunda: ¿Tu vida se parece al mensaje que dice seguir?

Porque al final, el problem nunca ha sido la cantidad de libros sino la falta de hombres y mujeres que los conviertan en vida.
Y eso —ninguna versión lo resuelve por sí sola, más que aprendiendo de las enseñanzas del Maestro de Galilea y siguiendo su ejemplo.