Escrito por Mario E.
Colaborador de AE 503 Periódico Digital
A la persona (sea mujer u hombre) alcohólico anónimo no se le reconoce únicamente por las dos letras que lo identifican. Se le reconoce, sobre todo, por la manera en que camina por el mundo común, por la forma en que enfrenta la vida una vez que ha aceptado su condición y ha decidido vivir en sobriedad.
Su conducta es un espejo vivo de los principios que, paso a paso, ha ido incorporando a su vida: honestidad, humildad, discreción, equilibrio, justicia y fraternidad. Tal como propone el Paso Doce, no solo ha experimentado un despertar espiritual, sino que procura practicar estos principios en todos sus asuntos.
En la sociedad, el AA se distingue por su rectitud. Actúa con prudencia, se aparta del odio, la violencia y la arrogancia, porque ha aprendido —desde el Paso Diez— a examinarse continuamente y a corregir con prontitud cuando se equivoca. Sabe que cada palabra y cada gesto pueden elevarlo o degradarlo, no ante los demás, sino ante su propia conciencia. Por ello cultiva la cortesía, honra a su familia y cumple sus compromisos, entendiendo que la sobriedad se demuestra más en los actos que en los discursos.
El sobrio es, por vocación, constructor de paz. Donde hay conflicto, busca armonía; donde hay resentimiento, practica el perdón; donde hay caos, intenta aportar serenidad, muy en sintonía con el espíritu de la Oración de la Serenidad y del Paso Once, que le recuerda la importancia de mantener contacto consciente con un Poder Superior. Donde otros oscurecen con críticas, él ilumina con el ejemplo. Ha comprendido que la tolerancia es la base del entendimiento humano y que la adversidad, lejos de ser enemiga, es una maestra que no debe ser negada ni temida.
Su conducta está guiada por el anonimato. Su caridad es silenciosa; no presume ni busca reconocimiento, en coherencia con el principio espiritual del anonimato, que protege tanto al individuo como al mensaje. Auxilia a quien se lo pide, comparte su experiencia sin imponerla, sugiere sin adoctrinar y acompaña sin dominar. Entiende que la verdadera grandeza se revela en el bien que se hace sin esperar aplauso ni recompensa.
Mantiene, en la medida de lo posible, un comportamiento digno y respetuoso. No se presta a discusiones inútiles, no participa en actos de deshonra ni cae en la vulgaridad, porque ha aprendido —a través de los Pasos Cuatro, Cinco y Nueve— el valor de la responsabilidad personal, la reparación del daño y la coherencia entre lo que se dice y lo que se vive. Aspira a ser un ciudadano del mundo más sabio, más útil y más virtuoso.
En síntesis, el alcohólico anónimo procura ser un ejemplo vivo: un ser humano cuya presencia inspire confianza y cuyas acciones reflejen nobleza y sencillez.
Alcohólicos Anónimos no pretende formar hombres perfectos, sino seres humanos mejores, capaces de vivir con sobriedad, conciencia y servicio, contribuyendo así a la construcción de una sociedad más justa, más equilibrada y más fraterna.






