¡Uuuuh, uuuuh!, ¡Niii-nooo, niii-nooo! o ¡Wiii-uuu, wiii-uuu! La ambulancia literalmente grita, den paso ¡Emergencia, emergencia!
Hay sonidos que no se olvidan.
Cuando Carlos López Mendoza y Rolando Martínez sienten queno importa cuántos años pasen, ni cuántas historias se acumulen en la memoria. Hay sonidos que se quedan viviendo dentro del cuerpo, como si fueran parte de la sangre.
Para Rolando Martínez y Carlos López Mendoza, ese sonido es la sirena. No es solo una alerta. Es un llamado. Ellos son, quizá, las más veteranos socorristas de la Cruz Roja Salvadoreña.
Más de cuarenta años han pasado desde que comenzaron su vida como voluntarios en la Cruz Roja Salvadoreña, y aun hoy, cuando la sirena rompe el aire en cualquier punto de la ciudad, algo en ellos se activa como si el tiempo no hubiera pasado. La adrenalina sube, la mente se adelanta, el instinto toma el control.

—Nada más la escuchás… y ya estás pensando qué pasó, dónde es—dice Rolando.
—Y aunque estés lejos… querés estar ahí—agrega Carlos.
No es costumbre. Es vocación. Es servicio, voluntad de ayudar sin paga alguna.
Hubo un tiempo en que servir no solo exigía el corazón, sino también el cuerpo. Rolando lo recuerda con una mezcla de risa y orgullo. Iban de un lugar a otro impartiendo capacitaciones de primeros auxilios, en una época donde todo era más pesado, más lento, más rudimentario… pero igual de urgente.
Cargaban proyectores de carrete, de esos grandes, incómodos, que parecían más un equipo de cine que una herramienta de enseñanza. Jalaban maniquíes de reanimación cardiopulmonar, cargaban rollos, cuadernos, materiales. No había facilidades. Había determinación.
—Yo llevaba el proyector aquí, jalaba el maniquí, los rollos… y él iba con su cuadernito—recuerda.
De tanto acompañar, un día llegó la transición inevitable, esa que marca a todo el que decide servir de verdad.
—Prepárese… le toca dar heridas y hemorragias.
Así se formaban. No con discursos largos ni teorías distantes, sino enfrentando la responsabilidad. Aprendiendo para responder. Preparándose para momentos donde no hay segunda oportunidad.
Y esos momentos llegaron.
Para Carlos López Mendoza, uno de ellos ocurrió el 15 de abril de 1974. No fue un rescate cualquiera. No fue un traslado más. Fue un nacimiento. Un parto al interior de la ambulancia.
Un parto en emergencia, de esos que no esperan condiciones ideales ni protocolos cómodos. La vida decidió llegar en medio de la urgencia, dentro del espacio estrecho de una ambulancia, entre manos que no eran de médico, pero sí de servicio.
—Bajamos a la señora… todo. Yo traía a la niña a la par del motorista… y nos veníamos con ella—cuenta, como si el tiempo no hubiera pasado.
La escena fue breve. Intensa. Como tantas que vivieron. Una más en medio de cientos. Quizá miles. Pero la vida, a veces, tiene formas extrañas de volver sobre sus propios pasos. Años después, alguien llegó a buscarlo.
—Mire, ahí hay una señora con una niña… dice que es su hija.
Carlos no entendía. No recordaba. ¿Cómo podría? ¿Cuántas emergencias habían pasado por sus manos?
—No… no me acuerdo de ella…
Hasta que la mujer se acercó, lo miró y le dijo algo que lo detuvo en seco:
—Aquí está su hija.
No era su hija de sangre. Era la niña que había nacido en sus manos aquel día en la ambulancia. No traía dinero. No traía regalos ostentosos. Traía algo más escaso. Era gratitud.
—Nos llevaba una bolsita de naranjas… para cada uno.
Y un nombre que parecía resumir toda la historia:
—Se va a llamar Carla Cruz.
Tal vez hoy esa niña sea una mujer. Tal vez nunca supo con detalle cómo llegó al mundo. Pero su nombre guarda una memoria silenciosa: la de quienes estuvieron ahí cuando la vida decidió comenzar sin aviso.

El tiempo, sin embargo, no pasa en vano. El cuerpo cambia. Las fuerzas ya no son las mismas. Rolando lo dice con la honestidad de quien no necesita aparentar nada:
—Antes me echaba un paciente al lomo… ahora ya no es lo mismo.
Pero hay algo que no se ha desgastado. El llamado. La vocación, la voluntad de seguir sirviendo.
Porque los sábados siguen llegando. Se suben a la ambulancia. Observan, acompañan, apoyan. “Se vienen a echar sus tiritos”, dicen entre risas. Como si el servicio fuera un hábito que el tiempo no puede borrar. Y es que hay decisiones que dejan de ser decisiones y se convierten en identidad.
La Cruz Roja Salvadoreña suma más de un siglo de existencia, miles de voluntarios y presencia en todo el país. Pero su verdadera historia no está en los informes ni en las cifras. Está en escenas como estas. En manos que han sostenido vidas. En segundos que han definido destinos. En personas que entendieron que servir no es un momento… es una forma de vivir.
Mientras muchos escuchan una sirena y se apartan, ellos hacen lo contrario: se acercan.
Porque han comprendido algo que no se enseña en manuales. Que la vida no encuentra su sentido en lo que uno acumula, sino en lo que uno entrega.
Y sin proponérselo como discurso, sin necesidad de púlpitos ni palabras elaboradas, estos hombres han vivido una de las enseñanzas más profundas de Jesús: que no hay mayor amor que dar la vida por otros. No necesariamente muriendo por ellos, sino haciendo algo más difícil y más constante: vivir para los demás. Responder. Cargar. Llegar. Permanecer.
Escuchar una sirena… y decir, una vez más: voy. Porque al final, la fe —cuando es verdadera— no solo se cree. Se practica. Y la actitud —cuando es firme— no se anuncia. Se demuestra.
Rolando y Carlos no buscaron ser ejemplo. Pero lo son. Porque en un mundo que corre hacia sí mismo, ellos eligieron —durante toda una vida— correr hacia los demás.
AE503 / Julio Rodríguez / Periodista






