Del ateísmo militante a la fe inesperada

Militante del Partido Comunista Salvadoreño, ateo confeso y luchador social, Miguel Ángel Martínez vivió la clandestinidad política, la persecución y la cárcel. Décadas después, su vida espiritual dio un giro inesperado al escuchar a un predicador cubano. Esta es la crónica de una conversión improbable, narrada sin dogmas, desde la experiencia humana.


CRÓNICA

Por Julio Rodríguez / Periodista

Durante muchos años, el sol que hoy broncea el rostro de Miguel Ángel Martínez no fue para él más que un fenómeno físico: un astro que generaba luz, sin misterio ni trascendencia. Nada más.

En aquel tiempo —mediados del siglo pasado— militaba en las filas del Partido Comunista Salvadoreño y se asumía, sin rodeos, como ateo. Un luchador social, como él mismo define esa etapa de su vida.

“Me dijeron: váyase a la esquina de la muerte, hay una sastrería, toca la puerta, dice el santo y seña… ahí lo van a recibir”, recuerda con cierto sigilo como si estuviera viviendo aquel momento clandestino de peligro conspirativo.

Un microbús apareció sin previo aviso. Subieron sin preguntas. El destino era incierto.
“Nos llevaron a una casa grande. Estuvimos viernes en la noche, sábado y domingo. Hicimos el congreso, se eligieron las autoridades y luego cada quien se fue para su lugar. Hasta el sol de hoy no sé dónde estuve”.

La clandestinidad lo emocionaba. La causa le daba sentido. Y Dios, para él, era una idea innecesaria, incluso ofensiva frente a la realidad que veía. Era ateo por vivencia y no por haberse leído el materialismo dialéctico.

“Al ver tanta desigualdad, tanta pobreza, tanta miseria, yo decía: no puede existir Dios. ¿Cómo es posible que haya gente sin casa, sin comida?”

Así se convirtió en ateo. No por moda, sino por convicción, por pobreza, por indignación.

Hoy conversamos en un patio jardín, al interior de la iglesia que dirige el pastor Yuri Martínez, su hijo. El nombre de su vástago no es casual, es por su admiración en aquel momento todo lo que significara algo para la gran Unión Repúblicas Socialistas Soviéticas (URRS 1922 – 1991)

“Se lo puse en honor a Yuri Gagarin, el primer astronauta ruso que orbitó la Tierra”, dice, como reafirmando la huella ideológica de su historia.

Pero aquel pasado no fue solo teoría ni consignas. También fue persecución.

“Lo agarraron de los pulgares, lo golpearon y se lo llevaron para la guardia. No lo mataron porque lo agarraron temprano”, recuerda su hijo Yuri, con cierto dejo de orgullo y admiración hacia su padre, su compañero de mil batallas.

Miguel Ángel era un líder en su pueblo. Cuando la situación de su cautiverio político se agravó, apareció el apoyo del admirado intelectual, ideólogo y político Dagoberto Gutiérrez – en ese tiempo un activista comunista de bajo perfil  y que luego se convirtió en el connotado comandante “Logan”, un jefe guerrillero que entre otras acciones dirigió la toma del Hotel Sheraton en 1989, donde se encontraban hospedados marines norteamericanos y el Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA), Joao Clemente Baena Soares-

“Él llevó un abogado para mí. Me ayudó en ese momento”, dice Miguel Ángel.

La vida siguió. Se trasladaron a San Salvador. Su hijo Yuri estudió y obtuvo su bachillerato. Y entonces ocurrió lo inesperado, el joven de unos 18 años de edad tomó una decisión que lo dejó perplejo, a él un consumado ateo comunista que solo le quedó ver como su hijo creía tanto en Dios que la dio la noticia que empezó a cambiarlo todo.

“Un día apareció en mi casa mi muchacho Yuri hablándome de teología, diciendo que quería ser pastor. Yo, siendo ateo, decía: esto no puede ser”.

Allí se comenzó a abrir una grieta en su hogar ateo, que se rompió del todo cuando un día fui invitado por su hijo a escuchar a un predicador que venía de la isla comunista de Cuba. Aceptó asistir al Tabernáculo Bíblico Bautista Amigos de Israel que dirigía el difunto hermano Toby (Edgar López Beltrán padre).

“Me convertí con un pastor cubano, un funcionario del gobierno de la isla, invitado por el hermano Todi”.

No fue un acto público ni emocional.
“No respondí al llamado. Lo busqué después y le dije: quiero convertirme con usted”.

Oraron en privado, en un vestuario. Sin testigos.
“Desde ese momento, mi vida fue otra”.

Miguel Ángel no reniega de su pasado. Sus principios de justicia social permanecen. Lo que cambió fue el eje espiritual.

“Ahora digo: gracias a Dios que soy ateo… para estar en paz con todos”, afirma con serenidad.

Otra curiosa anécdota de Miguel Ángel – que ahora lo cree como un cuidado de Dios en su vida – es el hecho de haber trabajado de cerca y con mucha confianza con uno de los fundadores del partido derechista Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), el dirigente Hugo Barrera, un hombre de derecha y anticomunista que nunca conoció su historia política.

“Si ve este video, quizá me mande a llamar… y platicamos”.

La historia de Miguel Ángel Martínez no es la de un dogma venciendo a otro. Es la de un hombre que luchó contra la injusticia desde la ideología y terminó encontrando paz desde un lugar que nunca imaginó.

Miguel Ángel Martínez no se convirtió en otro hombre: se volvió más él mismo. Siguió indignándose ante la injusticia, siguió creyendo en la dignidad humana, pero dejó de pelear contra lo inexplicable. Su historia recuerda que cambiar no siempre es traicionar lo que fuimos; a veces es profundizarlo. Y que incluso quien se declara ateo puede terminar encontrando sentido, no por obligación, sino por experiencia.