En medio de los escombros del barrio San Jacinto, en San Salvador, un niño camina descalzo.
Viste camiseta sin mangas y pantalones cortos. Lleva dos recipientes con agua y avanza con el esfuerzo propio de sus cinco años hasta donde se encuentra su familia.
A su alrededor hay casas destruidas, paredes abiertas, polvo, gente intentando comprender lo sucedido y familias que, en cuestión de segundos, han perdido buena parte de aquello que durante años llamaron hogar.
Es 10 de octubre de 1986.
Un terremoto acaba de sacudir San Salvador.
El niño se llama Nelson.
Mientras los adultos cuentan muertos, heridos y edificios destruidos, él carga agua.
El periodista Pedro Sevcec se encuentra cubriendo la tragedia y su cámara descubre al pequeño entre los damnificados.
La imagen resulta poderosa.
Un niño de cuatro o cinco años cuya casa ha sido destruida debería estar llorando, quizá preguntando por sus juguetes.
Pero Nelson está haciendo otra cosa.
Está ayudando.
Entonces alguien le habla de aquello que perdió.
Y el niño responde con una frase que terminaría sobreviviendo al terremoto:
—Eso no importa. Los juguetes no importan. A mí me importa la vida, que ya no siga temblando, que nos vayamos a otra casa.
Tenía cinco años.
Nada más.
No había estudiado filosofía.
No sabía de resiliencia.
Probablemente ni siquiera conocía el significado de la palabra adversidad.
Pero entre los escombros acababa de establecer, con la lógica elemental de un niño, un orden de prioridades que muchos adultos tardamos toda una vida en comprender.
Primero la vida.
Lo demás puede recuperarse.
Durante algún tiempo aquellas palabras fueron recordadas por muchos salvadoreños. La espontaneidad del pequeño había convertido una entrevista periodística en algo parecido a una declaración colectiva frente a la tragedia.
Después pasó el tiempo.
San Salvador volvió a levantarse.
Las calles recuperaron el ruido. Se reconstruyeron edificios. Nacieron otros niños. Llegaron nuevas tragedias, otros terremotos, tormentas, crisis y problemas particulares.
Y Nelson desapareció de las cámaras.
Muchas veces me he preguntado qué habrá sido de él.
He buscado.
He escuchado versiones.
Ninguna me ofrece suficiente certeza para afirmar dónde está aquel niño convertido hoy en adulto.
Pero quizá para esta historia no sea indispensable encontrarlo.
Porque el Nelson que quedó registrado aquel 10 de octubre de 1986 sigue teniendo cinco años.
Sigue caminando descalzo entre los escombros.
Sigue cargando dos recipientes con agua.
Y continúa recordándonos algo que olvidamos con demasiada facilidad cuando la vida marcha bien.
Todos tenemos juguetes.
No necesariamente son muñecos o carritos.
Con los años les cambiamos los nombres.
Casa.
Automóvil.
Dinero.
Trabajo.
Cargo.
Negocio.
Prestigio.
Planes.
Objetos que apreciamos, metas por las que trabajamos y seguridades que creemos permanentes.
No hay nada malo en tenerlas.
El problema comienza cuando confundimos su valor.
Hasta que llega un terremoto.
A veces mueve la tierra.
Otras veces no.
Puede llegar en forma de una enfermedad, una pérdida, una separación, un fracaso, una deuda, un despido o una noticia que en pocos segundos divide nuestra historia entre un antes y un después.
Entonces descubrimos que también existen terremotos que ningún sismógrafo puede registrar.
Y frente a sus escombros aparece inevitablemente la pregunta:
¿Qué importa ahora?
Nelson ya había contestado.
La vida.
Después habrá tiempo para recoger los pedazos.
Para reconstruir.
Para buscar otra casa.
Para trabajar.
Para empezar nuevamente.
Pero primero hay que estar vivo.
Quizá por eso aquella imagen permanece.
No por el terremoto.
Ni siquiera por los recipientes con agua.
Permanece porque mientras muchos adultos observaban lo que habían perdido, un niño estaba concentrado en aquello que todavía conservaba.
La vida.
Y con ella, la posibilidad de comenzar otra vez.
Desde entonces El Salvador ha seguido temblando muchas veces. También lo hemos hecho quienes vivimos en esta tierra.
Hemos aprendido que levantarse no significa que nada haya ocurrido. Los escombros existen. Las pérdidas duelen. Algunas cosas pueden reconstruirse y otras jamás regresarán.
La resiliencia tampoco consiste en fingir que no pasó nada.
Consiste en decidir qué hacemos con lo que quedó.
Nelson hizo algo.
Tomó dos recipientes y cargó agua para su familia.
Quizá allí estaba la segunda parte de la lección.
No bastaba con agradecer que seguían vivos.
Había que comenzar a hacer algo con esa vida.
Fe para creer que después de los escombros todavía existe mañana.
Actitud para recoger los recipientes y comenzar a caminar hacia él.
Han pasado décadas desde aquella mañana.
No sé dónde está Nelson.
No sé qué hizo con su vida.
Pero tampoco necesito inventarle un final.
Me basta aquel niño.
Porque cada vez que alguno de nuestros pequeños o grandes mundos se derrumba, desde algún rincón de la memoria vuelve caminando entre los escombros y nos recuerda:
—Los juguetes no importan.
Y entonces comprendemos la frase completa.
Importa la vida.
Mientras la tengamos, todavía podemos volver a empezar.








