El día que un desconocido se convirtió en nuestro padre para dejarnos entrar al estadio
Por Julio Rodríguez / Periodista
—¡Señor, entro con usted!
Era casi una súplica, pero también una propuesta de complicidad. La hacíamos a los adultos que llegaban al Estadio Cuscatlán, mientras nosotros, unos cipotes de apenas diez años, buscábamos la manera de entrar sin pagar un centavo.
Algunos seguían de largo. Otros sonreían y aceptaban convertirse en nuestros padres por unos cuantos segundos.
Nos ponían una mano sobre el hombro y, al llegar al portón, decían con absoluta naturalidad:
—Es mi hijo o solo “viene conmigo”.
El encargado de la entrada nos dejaba pasar. Nosotros apenas alcanzábamos a decir «¡gracias!» y salíamos corriendo, antes de que nuestro padre improvisado pudiera arrepentirse.
Una vez adentro comenzaba otra aventura: atravesar las mallas que separaban las localidades hasta llegar a platea. No teníamos boletos, pero nos sobraban las ganas de ver fútbol.
Corría 1978.
Algunos vivíamos en el mesón Galdámez; otros, en los alrededores de la calle Gerardo Barrios, en San Salvador donde el Alianza ganaba con creces en afición al otro equipo de la capital, el Atletico Marte.
Éramos niños de barrio, de esos que aprendieron temprano que la felicidad no siempre necesitaba dinero, aunque algunas veces sí requería un poco de audacia.
Con permiso de nuestros padres, abuelos o tíos, y otras veces sin que nadie se enterara, emprendíamos el camino hacia el Cuscatlán. No llevábamos dinero. Tampoco comida. Y mucho menos teníamos asegurada la entrada.
Pero había algo que ninguno de nosotros estaba dispuesto a perderse: ver jugar a nuestro querido Alianza Fútbol Club.
Por aquellos días, el equipo albo tenía veinte años de existencia. Nosotros apenas diez, pero ya sentíamos que llevábamos toda una vida siendo aliancistas.
En la cancha aparecían aquellos hombres que para nosotros eran gigantes. Roberto “el Cuchillo” Guerra, la Jaime «Chelona» Rodríguez, Luis Abraham”el muñeco” Coreas, Carlos «el Cacho» Meléndez; Roberto González Vega, Abilio Martínez, Raúl Fortéis, Silvio Romeo Aquino; Orestes Melhado, Manuel “la Bella” Barrera, Elmer Rosas Óscar “Kala” Bonilla, Guillermo Ragazzone, Juan Gilberto Quinteros y el brasileño José Luis Januario, entre otros. y otros nombres que se quedaron grabados en la memoria de una generación que creció entre las grandes tardes del fútbol salvadoreño.
Los mirábamos correr, disputar cada pelota, celebrar los goles. Y aunque desde las graderías parecían inalcanzables, bastaba que terminara el encuentro para que nosotros nos convirtiéramos en ellos.
Sentarnos a la par de los jugadores en Platea era el sueño de los ”bichos” de la Gerardo Barrios y el Mesón Galdámez, entre quienes pudo recordar a Mario “Alacran”, Guayo, William Lora, Darias, Luis “Chirolo”, Amilcar “el cabezòn” y su hermano, Julio “cachimbo de tripas”. Héctor “Noche siete estrellas” (mi primo), entre los que más me acuerdo.
Porque el partido no terminaba en el Cuscatlán.
El segundo tiempo se jugaba en nuestra calle.
Al regresar al barrio, colocábamos cuatro piedras para improvisar las porterías. No había redes, árbitros ni uniformes. A veces tampoco zapatos apropiados. Pero teníamos una pelota y una imaginación capaz de transformar cualquier calle en el estadio más importante del mundo.
—¡Yo soy el Cuchillo Guerra!
—¡Pues yo soy la Chelona!
Y comenzaba otro partido.
Corríamos hasta quedarnos sin aliento. Discutíamos goles imaginarios, inventábamos faltas y celebrábamos como si miles de aficionados nos estuvieran viendo.
Aquel fútbol tenía algo que los grandes estadios no podían ofrecernos: todos éramos titulares, todos podíamos ser estrellas y nadie necesitaba dinero para jugar.
La tarde se iba apagando y, cuando alguien desde una puerta gritaba que ya era hora de entrar a la casa, terminaba nuestro campeonato.
Al día siguiente volveríamos a ser los mismos niños del mesón Galdámez y de la calle Gerardo Barrios. Pero durante unas horas habíamos sido los ídolos del Alianza.
Han pasado casi cincuenta años.
Muchos de aquellos jugadores ya pertenecen a la historia del fútbol salvadoreño. Algunos de mis compañeros de infancia habrán tomado caminos que desconozco. Otros quizá todavía recuerdan las tardes del Cuscatlán, las carreras por las graderías y aquellas porterías hechas con piedras.
Yo recuerdo especialmente a los desconocidos que nos ayudaban a entrar.
Nunca supimos sus nombres. No volvimos a ver a muchos de ellos. Tampoco sé si eran padres de familia, si tenían hijos de nuestra edad o si simplemente comprendían lo que significaba para un niño quedarse afuera de un estadio mientras adentro jugaba su equipo favorito.
Lo cierto es que, durante unos segundos, nos adoptaban.
No nos preguntaban de dónde veníamos, quiénes eran nuestros padres ni por qué andábamos solos. Bastaba aquella mano sobre el hombro y una frase sencilla para abrirnos la puerta de un mundo que, de otra manera, habría permanecido cerrado.
Hoy, cuando el fútbol se ha convertido también en un espectáculo de negocios, patrocinios, camisetas costosas y entradas que no todos pueden pagar, me gusta recordar que nuestra pasión nació sin comprar absolutamente nada.
Ni siquiera la entrada.
Quizá por eso sigo pensando que el fútbol tiene una dimensión humana que no cabe en las estadísticas, en las tablas de posiciones ni en las vitrinas de trofeos.
Hay recuerdos que no necesitan una fotografía para permanecer intactos.
El sonido de las graderías, el verde de la cancha, el grito de gol, las carreras de regreso al barrio y aquella mano desconocida sobre nuestro hombro siguen formando parte de mi memoria.
Hoy, 12 de octubre, cuando Alianza cumple 68 años desde sus orígenes, vuelvo a encontrarme con aquel niño de diez años que no tenía dinero para entrar al estadio, pero que llevaba una fortuna en el corazón.
Y pienso que, después de todo, aquellos hombres anónimos nos regalaron mucho más que una entrada.
Nos regalaron una historia para contar casi medio siglo después.
Una historia de fútbol, de barrio, de infancia y de una pequeña solidaridad que nunca olvidamos.
Porque antes de aprender a ganar o perder con el Alianza, aprendimos algo más importante: que un desconocido podía tendernos la mano sin esperar nada a cambio.
Y todavía me parece escuchar, entre el bullicio de los aficionados que se acercan al portón del estadio, la voz de aquel cipote que fui:
—¡Señor, entro con usted!
Julio Rodríguez
Periodista








